- Domingo 23 de noviembre de 2025 — 4:00 p.m
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Entrada libre hasta completar aforo
PULEP: WRN369
- Avenida Carrera 30 # 45‑03 Ed. 104 - Bogotá, D.C., Colombia.
- Entrada vehicular por la calle 53.
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PROGRAMA
CONMEMORACIÓN DE LA BOMBA ATÓMICA DE HIROSHIMA
Obras para orquesta, grupo de cámara, solistas: piano, violín y chelo.
Proprium – Misa Instrumental
Compositora: Sofiya Gubaidulina
Duración: 75min.
Introitus: concierto para piano y orquesta de cámara
Año 1978
Duración 25min.
Offertorium: concierto para violín No. 1
Año 1980
Duración 35min.
Detto II: concierto para chelo y ensamble de cámara
Duración 15min.
Año 1972
ORQUESTA DE MUJERES DE LA OFB
ORQUESTA DE CÁMARA
SOLISTAS:
Mauricio Arias / Piano
Alla Voronkova / Violín
José David Márquez / Violonchelo
Director: Guerassim Voronkov
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Imágenes banner, slider (homepage), thumbnails: © Dirección de Patrimonio Cultural UNAL / Mariana Hoyos
Hiroshima: el hito de una nueva era.
El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, seguida tres días después por otra en Nagasaki. Estos eventos marcaron el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero también el comienzo
de una nueva época histórica, definida no solo por la victoria militar, sino por el descubrimiento de una capacidad humana inédita: la destrucción total.
El filósofo Michel Serres, en El contrato natural (1990), señala que la bomba atómica constituye el verdadero hito de nuestro tiempo. No solo porque resume el poder técnico-científico del siglo XX, sino porque inaugura una guerra sin precedentes: una guerra contra la vida misma. A partir de ese momento, el conocimiento dejó de ser garantía de progreso o de salvaguarda, para tornarse también en instrumento de devastación masiva.
En consonancia con esta lectura, geólogos, físicos y científicos del clima han propuesto declarar una nueva era geológica para el planeta: el Antropoceno. Este término —cuyo punto de inicio muchos sitúan en 1945 con las detonaciones de Hiroshima y Nagasaki— subraya el impacto irreparable de la acción humana sobre la Tierra. Se trata de una era en la que la especie humana, por primera vez, modifica de forma irreversible los equilibrios del planeta, dejando una huella radioactiva, climática y ecológica que evidencia una ruptura radical.
Así, Hiroshima no solo simboliza una catástrofe histórica, sino una herida profunda del planeta: el comienzo de una época en la que la ciencia, despojada de límites éticos, se pone al servicio del poder, la muerte y el olvido. ¡Nunca más¡
Obras para orquesta, grupo de cámara, solistas: piano, violín y chelo.
Proprium – Misa Instrumental
Introitus: concierto para piano y orquesta de cámara
Offertorium: concierto para violín No. 1
Detto II: concierto para chelo y ensamble de cámara
Misa instrumental de Sofía Gubaidulina, compuesta originalmente para un tríptico litúrgico de la Iglesia ortodoxa Rusa—el Introitus, el Offertorium y el Dona nobis pacem, Detto II— conforman una ceremonia sagrada sin palabras que presentamos por primera vez como fue concebida por la artista en una sola ceremonia y no como partes de un concierto.
Gubaidulina, fallecida recientemente el 13 de marzo de 2025, desarrolló una concepción musical especial: su obra no se reduce a sonidos; busca restaurar una comunicación profunda entre lo humano y lo divino. Ella misma, en una entrevista de 2021, lo expresó con claridad:
“La música conecta lo finito con lo infinito.”
Además, subrayó:
“Hay instrumentos de percusión que… entran en ese estrato de nuestra conciencia que no es lógico, están en el límite entre lo consciente y lo subconsciente.”
Estas palabras revelan su aspiración a trascender el plano meramente sonoro, para tocar lo interior, lo místico, lo inexpresable.
En esta conmemoración, Gubaidulina nos invita a abrir la percepción más allá de lo audible. Nos propone entrar en esa zona intermedia—el silencio que sucede al sonido, la resonancia que permanece—en un rito en que cada instrumento se vuelve testigo y mediador del acto de memoria y sanación.
Compositora rusa (nacida en 1931 en Chistopol, Tatarstán), Gubaidulina desafió las restricciones soviéticas y fue reconocida por su espiritualidad audaz, oscura y luminosa a la vez. Estuvo profundamente influenciada tanto por las raíces tártaro-musulmanas como por la espiritualidad ortodoxa, y su música funde ritmos étnicos, microtonalidades y silencios radicales.
Este tríptico instrumental no es una mera pieza musical, sino un propium, un rito: cada sección ofrece un espacio diferente para el recogimiento, la ofrenda y la reconciliación.
Estos momentos no son solo formas musicales, sino también símbolos teológicos: la apertura del misterio, la ofrenda de la existencia y la súplica por la paz, que en el marco cristiano culmina en la esperanza de la resurrección.
Gubaidulina misma veía la música como una forma de trascender la materia y dirigirse a lo eterno. La resurrección, en su obra, no se representa de forma narrativa ni figurativa, sino como una transfiguración sonora: a través de tensiones, disonancias y un uso radical del silencio, conduce a momentos de luz o revelación, lo que muchos intérpretes y analistas leen como una forma musical de la resurrección o del ascenso espiritual.
En sus propias palabras:
“Mi música es un acto de fe. No soy religiosa en el sentido dogmático, pero la espiritualidad es mi lenguaje. No me interesa el sonido como tal, sino el camino hacia algo más allá del sonido.” (The New York Times, marzo de 2025)