
- Sábado 8 de marzo de 2025 — 4:00 p.m.
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Entrada libre hasta completar aforo
PULEP: WKZ561
- Avenida Carrera 30 # 45‑03 Ed. 104 - Bogotá, D.C., Colombia.
- Entrada vehicular por la calle 53.
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PROGRAMA
» Emilie Mayer — Faust Overture, Op. 46
» Pyotr Ilyich Tchaikovsky — Concierto para piano n.º 1, Op. 23
» Lili Boulanger — D’un soir triste
» Lili Boulanger — Vielle prière bouddhique
» Lili Boulanger — D’un matin printemps
En su trabajo conjunto por la música, la Orquesta Filarmónica de Bogotá y el Auditorio León de Greiff UNAL presentaron
SERENATA SINFÓNICA PARA ELLAS EN EL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER
Solistas: Sergei Sichkov — piano, Óscar Afanador — tenor
Directora: Tatiana Pérez Hernández
Coro Filarmónico Juvenil
Más de 40 años de cooperación por la música entre la Orquesta Filarmónica de Bogotá y el Auditorio León de Greiff UNAL
La Orquesta Filarmónica de Bogotá y el Auditorio León de Greiff UNAL en su trabajo conjunto por la música presentaron “Serenata sinfónica para ellas en el Día Internacional de la Mujer” bajo la batuta de la talentosa directora colombiana invitada Tatiana Pérez Hernández, con el virtuosismo del pianista ruso Sergei Sichkov -uno de los mejores pianistas radicados en el país-, y la participación del Coro Filarmónico Juvenil.
Una tarde inolvidable donde se interpretarán las obras Faust Overture de la compositora y escultora alemana del Romanticismo Emilie Mayer, el Concierto para piano n.º 1 de Pyotr Ilyich Tchaikovsky – compositor ruso también del período del Romanticismo-, y Vielle prière bouddhique para coro y orquesta de la compositora francesa Lili Boulanger -quien hizo historia al convertirse en la primera mujer en ganar el prestigioso Gran Premio de Roma con su magnífica cantata Faust et Hélène-.
NOTAS AL PROGRAMA
Por: Carolina Conti
No fueron pocas las compositoras del siglo XIX que lograron reconocimiento; sin embargo, los historiadores las han relegado y omitido de sus escritos. Algunas son conocidas gracias a que estuvieron vinculadas a un compositor hombre, como en el caso de Fanny Hensel-Mendelssohn y Clara Wieck-Schumann. La historia de Emilie Mayer es distinta, pues no contó con una figura musical masculina cercana. A pesar de ello, fue una de las compositoras más reconocidas de su época y logró vivir de su labor.
Mayer nació en Friedland, en la región alemana de Mecklemburgo. A los dos años perdió a su madre y quedó al cuidado de su padre, un farmacéutico que la educó a la usanza de la época. Aprendió a tocar el piano y a componer pequeñas piezas, aunque sin la intención de dedicarse a la música, pues su vida parecía encaminarse hacia el cuidado de su padre. Poco antes de que Mayer cumpliera 30 años, su padre se suicidó. Tras este trágico evento, viajó a Stettin, en la actual Polonia, decidida a convertirse en compositora. Allí estudió con Carl Loewe y comenzó a escribir obras de música de cámara. De ese período datan sus dos primeras sinfonías, que revelan su enérgica personalidad musical.
Más adelante, continuó sus estudios en Berlín, donde su maestro Wilhelm Wieprecht promovió su obra en los círculos musicales. El 21 de abril de 1850 marcó un hito en su carrera pues ofreció un concierto dedicado enteramente a su música, que fue recibido con gran entusiasmo por el público. No faltaron, por supuesto, los comentarios sobre lo “extremadamente raro” que resultaba que una mujer dominara formas orquestales como la sinfonía.
A partir de entonces, sus obras comenzaron a interpretarse con frecuencia. Mayer continuó componiendo y viajando por toda Europa para presentar sus obras y buscar la manera de publicarlas. Este esfuerzo le acarreó dificultades financieras, lo que la obligó a regresar a Stettin. En 1880, a los 68 años, vivió otro momento de gloria con el estreno de su Obertura Fausto, Op. 46, una gran obra orquestal interpretada en varias ciudades de Europa.
La pieza está inspirada en la obra homónima de Johann Wolfgang von Goethe, la misma que inspiró a compositores como Liszt, Gounod, Schumann y Wagner. Sin embargo, la obertura de Mayer no es un poema sinfónico que narra la historia de Fausto, Margarita y Mefistófeles, sino una obra abstracta de densa y dramática sonoridad. Tres años después de la composición de la obertura, Emilie Mayer falleció, dejando un vasto legado musical. Fue aclamada durante su vida y se llegó a hablar de ella como la “Beethoven femenina”, pero tras su desceso cayó en el olvido. Solo 140 años después de su fallecimiento fue redescubierta en Stettin, donde actualmente se trabaja por la divulgación de su obra.
Desde los primeros compases de su Concierto para piano n.o 1, Op. 23, Piotr Ilich Chaikovski sumerge en una intensa emoción que oscila entre lo tierno y lo dramático. Considerado uno de los compositores más importantes de Rusia en el siglo XIX, es decir, del período romántico, Chaikovski es una figura ineludible dentro de la llamada música clásica. Sus ballets, óperas, sinfonías y conciertos son considerados obras maestras y, desde su creación, han gozado del favor del público y de los músicos.
Chaikovski dedicó al piano hermosas piezas solistas, obras de cámara, una fantasía de concierto y tres conciertos para piano y orquesta. El primero de ellos lo compuso entre noviembre de 1874 y febrero de 1875. En busca de asesoramiento, acudió a Nikolay Rubinstein, uno de los pianistas más respetados del momento. Sin embargo, la crítica de Rubinstein fue severa y despectiva, lo que indignó profundamente al compositor, quien se negó a realizar las modificaciones sugeridas.
Piotr Ilich Chaikovski envió la obra al pianista Hans von Bülow, a quien también le dedicó el concierto. Von Bülow respondió con gran entusiasmo: “Quizás sería presuntuoso por mi parte, ya que no conozco toda la gama de sus obras y su prodigioso talento, decir que para mí su Op. 23 muestra tal brillantez y es un logro tan notable entre sus composiciones, que sin duda ha enriquecido el mundo de la música como nunca antes. Hay tal originalidad insuperable, tal nobleza, tal fuerza, y hay tantos momentos sorprendentes en esta concepción única; hay tal madurez de forma, tal estilo en su diseño y ejecución, con armonías tan consonantes, que podría cansarlo enumerando todos los momentos memorables que me hicieron agradecer al autor, sin mencionar el placer de interpretarlo. En una palabra, esta verdadera joya le ganará la gratitud de todos los pianistas”.
Von Bülow estrenó la obra en octubre de 1875 en el Music Hall de Boston, bajo la batuta de Benjamin Johnson Lang, con gran éxito. Chaikovski revisó el concierto e hizo algunos ajustes en 1879 y nuevamente en 1889.
Lili Boulanger nació en París el 21 de agosto de 1893, en una familia de músicos. Su madre era cantante; su padre, compositor y profesor del conservatorio; y su hermana mayor, Nadia, además de compositora y directora, se convirtió en una de las principales pedagogas de comienzos del siglo XX. (Entre los músicos a los que guió se encuentran Aaron Copland, Leonard Bernstein, Elliott Carter, Astor Piazzolla, Philip Glass, Wojciech Kilar, Blas Emilio Atehortúa, Adolfo Mejía y Francisco Zumaqué).
Boulanger mostró un talento musical asombroso. Desde muy niña aprendió piano, violín, violonchelo, arpa, órgano, contrapunto y composición. Pero su salud era muy frágil. Sufría de intensos dolores físicos y emocionales que marcaron el carácter de sus obras. En 1913, a los 19 años, se convirtió en la primera mujer en ganar el prestigioso Premio de Roma por su cantata Fausto y Helena. Gracias a este galardón, pudo dedicarse exclusivamente a la composición en la Villa Médici de Roma. Allí finalizó varias obras, pero el estallido de la guerra y su delicado estado de salud la obligaron a regresar a París.
En la capital francesa fundó el Comité Franco-Americano del Conservatorio Nacional, con el fin de ayudar a los músicos combatientes en la guerra. Regresó a Roma en 1916, donde trabajó en su ópera La princesa Maleine, un cuento de hadas en el que la guerra es el tema central. De esa época data también Vieille prière bouddhique (Antigua oración budista), una plegaria por la paz que refleja su catolicismo ferviente, aunque abierto. Debido al deterioro de su salud, regresó a París, donde continuó componiendo con la ayuda de su hermana, quien transcribía sus partituras. Falleció a los 24 años, en 1918. Poco antes de su muerte, compuso D’un soir triste y D’un matin de printemps, dos piezas contrastantes: la primera, sombría y fatalista; la segunda, una danza optimista de brillante sonoridad.
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Notas cortesía de la Orquesta Filarmónica de Bogotá
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