ALIANZAS PARA EL ACCESO A LAS ARTES, LA REPARACIÓN SIMBÓLICA Y LA BIOCULTURA EN PERSPECTIVA DE GÉNERO
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“En Exvotos de la desobediencia, la obra de Débora Arango no pertenece al pasado: irrumpe en nuestro presente como una denuncia frontal de las estructuras de poder patriarcal que han producido exclusión, violencia y desigualdad; un acto radical de verdad donde el cuerpo expuesto se convierte en lugar de resistencia y el feminismo en una forma de conocimiento que desobedece -y desmantela- aquello que aún nos constituye como sociedad.”
María Belén Sáez de Ibarra, curadora
Esta exposición no mira el pasado: habla de nuestro tiempo.
En estas obras se figura el rostro de lo que somos como sociedad: formas persistentes de desigualdad, violencia y exclusión que continúan estructurando la vida contemporánea.
En el centro se sitúa la obra de Débora Arango, cuya mirada constituye una de las expresiones más radicales del feminismo en el arte latinoamericano. Su trabajo desarticula las estructuras que han sostenido la subordinación de los cuerpos, haciendo visible aquello que debía permanecer oculto. Como mujer, padeció la censura, la negación de los espacios públicos y la subestimación. Su vida persistió en una obra profunda, fuerte y sin concesiones, que representa uno de los legados más sólidos y esenciales del arte.
Hubiera sido una gran muralista, como era su deseo y pedía su trabajo; pero los espacios de lo público eran para los hombres, aun cuando estaban custodiados por mujeres. Esa tensión no ha desaparecido del todo en nuestro tiempo. Su obra, sin embargo, persiste y nos alcanza en el espíritu y en la conciencia como pocas. El legado que custodia el Museo de Arte Moderno de Medellín es uno de los más notables y valiosos del arte hoy. Nuestro agradecimiento con la generosidad del MAMM y a su curadora Marielsa Castro.
En estas imágenes, lo religioso persiste en tensión.
Los símbolos de lo sagrado conviven con cuerpos atravesados por el hambre, el deseo, la violencia y la culpa.
En este diálogo, Alfonso Quijano desplaza la mirada hacia la vida más allá de lo humano.
La violencia se expande como condición estructural que atraviesa la tierra, la memoria rural y las formas de vida, incluso aquellas no visibles.
La exposición articula así una doble inscripción: una memoria encarnada en los cuerpos y una memoria de lo viviente que persiste en el paisaje. Un sentido agradecimiento a José Darío Gutiérrez por salvaguardar estos tesoros de Quijano.
Estas obras de Arango en pintura y acuarela funcionan como exvotos sin milagro.
Se sitúan en la persistencia de aquello que no ha sido resuelto.
La desobediencia se afirma como una ruptura con los relatos que han normalizado estas condiciones de vida.
Epílogo
Luis Giraldo
El cordero aparece como figura del sacrificio inscrito en la historia.
La inocencia se sitúa en el centro del rito como materia ofrecida.
Coda
Pedro Nel Gómez
Cuerpo y tierra en una sola materia.
La vida persiste.
M. Belén Sáez de Ibarra
Esta exposición no mira el pasado: habla de nuestro tiempo.
Las obras reunidas aquí —producidas desde 1940 hasta nuestros días— no pertenecen únicamente a su momento histórico. En ellas se figura el rostro de lo que somos como sociedad: las formas persistentes de desigualdad, violencia y exclusión que continúan estructurando la vida contemporánea.
Mirarlas hoy es un acto de reconocimiento.
En el centro de esta constelación se sitúa la obra de Débora Arango, cuya mirada constituye una de las expresiones más radicales del feminismo en el arte latinoamericano. Su trabajo no solo irrumpe en su tiempo: desarticula las estructuras que han sostenido la subordinación de los cuerpos, haciendo visible aquello que debía permanecer oculto.
Ese gesto sigue siendo contemporáneo.
Su presencia permite reconocer también una genealogía. En relación con su maestro Pedro Nel Gómez —figura decisiva para pensar el cuerpo, el trabajo y la tierra en el arte colombiano—, la obra de Débora desplaza esa sensibilidad hacia una ruptura mayor: convierte la representación de la exclusión en una crítica radical de la violencia patriarcal y del orden moral que la sostiene.
En diálogo con ella, las obras de Alfonso Quijano y Luis Giraldo —vinculados a la tradición de la Escuela y a la historia de la Universidad Nacional de Colombia— amplían esta reflexión hacia el territorio, la memoria rural y las formas estructurales de la violencia.
Este encuentro articula una memoria viva: la de una tradición crítica que ha pensado el arte como lugar de confrontación con la realidad.
En el centro, sin embargo, permanece Débora:
no como figura histórica solamente, sino como fuerza activa desde la cual esta exposición se organiza.
Esta exposición reúne cuerpos empujados a los márgenes: atravesados por la pobreza, la exclusión y la violencia social. No son figuras abstractas ni universales. Son cuerpos situados, marcados por condiciones concretas de vida.
En la obra de Débora Arango, el cuerpo no es un motivo estético, sino un lugar donde se hace visible lo que una sociedad prefiere no ver.
Mujeres, niños, hombres: todos aparecen en estados de exposición radical.
La maternidad no es idealizada.
La infancia no es inocente.
Los cuerpos están deformados, tensos, abiertos.
Lo grotesco no es un recurso: es la forma que toma una realidad desbordada.
En estas imágenes, lo religioso persiste, pero en tensión.
Los símbolos de lo sagrado conviven con cuerpos marcados por el hambre, el deseo, la violencia o la culpa.
La promesa de redención no se cumple.
Lo que aparece es la distancia entre la fe y las condiciones reales de existencia.
Y es en esa distancia donde estas obras operan.
El título Exvotos de la desobediencia propone leer estas imágenes desde esa fisura.
El exvoto, tradicionalmente, es una ofrenda que agradece un milagro.
Aquí, en cambio, no hay milagro.
Estas obras funcionan como exvotos de aquello que no ha sido resuelto:
la pobreza, la exclusión, la violencia sobre los cuerpos.
No agradecen.
No consuelan.
Muestran.
La desobediencia no es un gesto retórico: es una ruptura con los relatos que han normalizado estas condiciones de vida.
En diálogo con estas obras, el trabajo de Alfonso Quijano introduce otra dimensión.
Sus imágenes remiten a las víctimas del campo, a las historias de despojo, desplazamiento y lucha campesina. La violencia no se concentra en el cuerpo individual: se extiende como condición estructural que afecta territorios y formas de vida.
Si en Arango la marginalidad se encarna en cuerpos visibles, en Quijano se despliega como memoria del territorio.
La exposición propone así una doble inscripción:
— una memoria encarnada, visible en los cuerpos
— una memoria territorial, expandida en la historia del campo
No son dos realidades separadas.
Son dos formas de una misma herida.
En Débora Arango, la imagen se afirma desde una materialidad directa, implacable.
En Alfonso Quijano, la forma se desplaza hacia un registro onírico.
No es evasión: es otra vía de acceso a lo real.
La crudeza y lo onírico configuran un mismo campo de experiencia.
Ambos artistas comparten una condición singular: trayectorias apartadas, desarrolladas al margen de los circuitos de validación.
Esa distancia resguarda una intensidad:
una fidelidad radical a aquello que decidieron mirar.
Tríptico de Luis Giraldo
En el centro de esta constelación aparece el cordero.
No como símbolo de inocencia, sino como figura de una obediencia que la historia ha convertido en legitimación de la violencia.
El sacrificio no es redención: es dispositivo.
Pero es allí donde emerge la desobediencia.
No en la figura que se entrega,
sino en la posibilidad de interrumpir esa lógica:
negar que el dolor deba asumirse,
negar que la violencia deba redimirse,
negar que el cuerpo deba ofrecerse.
La desobediencia comienza cuando el sacrificio deja de ser aceptado como destino.
Pedro Nel Gómez
Esta obra enraíza la exposición.
Cuerpos inclinados en el barro.
Trabajo como destino.
Persistencia como forma de vida.
Cuerpo y tierra en una sola materia.
La figura no cae: se integra.
De allí emerge una estirpe latinoamericana: una mirada que sitúa el arte en la vida concreta, en la desigualdad, en la dignidad que no desaparece.
Y en ese descenso se revela una potencia:
la vida que no se abandona.
Las raíces de los árboles se entrelazan bajo la tierra como una red silenciosa de memoria.
Cada árbol pertenece a un cuerpo colectivo.
Raíz que desciende.
Rama que asciende.
Un mismo ciclo: el del sol, el del tiempo, el de la vida.
Aquí emerge otra espiritualidad:
no trascendente, sino inmanente.
No separada, sino encarnada.
En este paisaje, el cordero deja de ser símbolo de redención para convertirse en pregunta:
¿qué significa hoy ser ofrecido?
La obediencia se resquebraja.
Aparece la posibilidad de no ofrecerse.
No como consigna, sino como vibración de la vida misma.
Como las raíces, lo espiritual opera en lo invisible.
No promete salvación.
Pero insiste.
Entre los cuerpos, entre las imágenes, entre las heridas.
Y es allí donde esta exposición se sitúa con mayor radicalidad:
no en la promesa de un más allá,
sino en la afirmación de un aquí que resiste.
Un aquí donde la vida —aun empujada al sacrificio— encuentra formas de desviarse, de continuar.
La vida persiste.
“Esos años son los años de nuestro tiempo. En ellos se figura nuestro rostro como sociedad actual”.
María Belén Sáez de Ibarra, texto curatorial
La muestra incluye obras realizadas desde 1940 hasta 2024, un arco temporal que no se presenta como una cronología cerrada, sino como un campo vivo en el que seguimos inscritos. Las imágenes no pertenecen únicamente al pasado: se prolongan en el presente, lo atraviesan, lo interpelan. No muestran una historia concluida, sino la persistencia de formas de exclusión, violencia y desigualdad que aún configuran nuestra realidad. En palabras de la curadora, “estas obras no representan a otros: nos incluyen. Nos devuelven una imagen incómoda y necesaria de aquello que, como sociedad, hemos producido, sostenido o aprendido a no ver”.
En total son 20 obras de Débora Arango en óleo y acuarela, realizadas entre 1940 y 1950, así como 12 xilografías en color de Alfonso Quijano, creadas entre 1965 y 1980. Se integran además el óleo La barequera en reposo (1942), de Pedro Nel Gómez , proveniente del proyecto Bachué, junto con el Tríptico del cordero (2024), de Luis Giraldo, realizado en ceniza y sangre de cordero sobre papel, perteneciente a las colecciones de la Universidad Nacional de Colombia.
Este proyecto ha sido posible gracias al préstamo del Museo de Arte Moderno de Medellín, institución que custodia de manera rigurosa el legado completo de Débora Arango y a la colección del proyecto Bachué de José Darío Gutiérrez.
En el centro de esta constelación se sitúa la obra de Débora Arango, asumida como una figura clave para el pensamiento contemporáneo. Su trabajo constituye un referente de feminismo radical, no como discurso abstracto, sino como una práctica visual que hace visible aquello que ha sido históricamente ocultado.
“Es en la obra de Débora Arango donde se sitúa la figura central de la reflexión: allí donde el cuerpo se convierte en lugar de verdad, y donde la desobediencia emerge como una forma de pensamiento”, afirma la curadora.
Los diálogos que propone la exposición no son yuxtaposiciones, sino formas de integración con el pensamiento universitario. La obra de Alfonso Quijano y Luis Giraldo, ambos maestros de la Universidad Nacional, amplía este núcleo desde otras dimensiones: el territorio, la memoria y el sacrificio.
Ambos artistas forman parte de una historia viva de la Escuela, en la que la práctica artística se entrelaza con la formación, el pensamiento crítico y la transmisión de saberes.
EXVOTOS DE LA DESOBEDIENCIA propone una experiencia de confrontación y escucha. No busca representar la marginalidad, sino hacerla visible en toda su complejidad y su potencia de interpelación.
En este contexto, la desobediencia no es un gesto retórico, sino una forma de pensamiento: una interrupción de la indiferencia, una forma de mirar donde la dignidad de la vida no puede ser negada.
La exposición estará abierta al público hasta finales de julio de 2026.
Fue una artista fundamental del arte colombiano del siglo XX, cuya obra desafió de manera frontal las normas sociales, políticas y religiosas de su tiempo. A través de la pintura y la acuarela, abordó el cuerpo, la violencia y la vida pública con una mirada crítica y sin concesiones, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en representar el desnudo femenino y en denunciar las tensiones del poder y la moral. Durante años su trabajo fue censurado e incomprendido, pero hoy es reconocida como una figura clave para entender el arte latinoamericano contemporáneo y una precursora de una sensibilidad feminista que sigue resonando en el presente.
Fue un artista bogotano y una figura clave de las artes gráficas en Colombia, reconocido por su riguroso y sensible trabajo en la xilografía. Formado en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional, donde también fue docente durante más de tres décadas, fue pionero en la consolidación del taller de grabado como un espacio fundamental de experimentación y pensamiento crítico. Su obra aborda de manera directa la violencia política, las luchas por la tierra y la desigualdad, haciendo del lenguaje gráfico una herramienta para reflexionar sobre las tensiones sociales del país. En piezas como La cosecha de los violentos (1968), su trabajo revela una mirada contundente sobre la memoria y las heridas abiertas de la historia colombiana.
Fue uno de los artistas más influyentes del arte colombiano del siglo XX y pionero del muralismo en el país. Ingeniero, pintor, escultor y arquitecto, desarrolló una obra profundamente comprometida con la realidad social, en la que representó el trabajo, el cuerpo y la relación con la tierra desde una perspectiva crítica y monumental. Formado en Colombia y en Europa, introdujo la técnica del fresco en el contexto nacional y consolidó una visión del arte como herramienta para narrar la historia y las tensiones de la sociedad. Su legado, tanto en la creación artística como en la formación de nuevas generaciones, lo sitúa como una figura clave para comprender las relaciones entre arte, territorio y memoria en América Latina.
Es un artista colombiano cuya obra se desarrolla desde una profunda conexión con la sensibilidad, la memoria y la experiencia cotidiana. Formado en la Universidad Nacional de Colombia, su práctica pictórica dialoga con la música, la poesía y el ritmo interior de la vida, construyendo paisajes y escenas que evocan lo rural, lo íntimo y lo esencial. Al margen de modas o tendencias, su trabajo responde a una búsqueda personal sostenida en el tiempo, en la que la emoción, la belleza y la contemplación ocupan un lugar central. Ha participado en múltiples exposiciones y su obra hace parte de importantes colecciones públicas y privadas en Colombia y el exterior.



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